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La Grecia Arcaica (700-500 a. C.)

El s. VIII a. C. abre un período decisivo para la historia del mundo griego. La Grecia Arcaica comprende los años 700-500 a. C. Los dos fenómenos esenciales que definen esta época son el origen y desarrollo de la polis y la expansión griega por toda la cuenca mediterránea, desde las costas del mar Negro hasta las riberas meridionales de la Península Ibérica.

Surgió así el concepto de Hélade, que abarcaba a todos los que compartían una misma forma de vida, hablaban la misma lengua, aunque fragmentada en dialectos diferentes, veneraban a los mismos dioses, aunque con diferentes advocaciones locales, y consideraban los poemas homéricos como la base de su educación y de su código de valores. Esta comunidad de valores, creencias y forma de vida constituía la línea divisoria que separaba a los griegos del resto de pueblos, considerados bárbaros.

 

Será en este período cuando se desarrollen muchas de las innovaciones tecnológicas de la época, como el arte de escribir con el surgimiento de la literatura, el nacimiento de las leyes escritas, un ordenamiento racional del universo, construcción de edificaciones monumentales de carácter religioso o la aparición de la moneda.

 

El surgimiento de la polis genera que la población empieza a aglutinarse para formar estados, y cada uno de ellos tiende a establecer para sí un territorio lo más amplio posible, intentando anexionarse regiones vecinas. Esta disgregación política en pequeños estados independientes responde a un sistema muy generalizado ya desde las primeras culturas urbanas mesopotámicas.

Surgen así las guerras por las fronteras. La implicación de los intereses comerciales en esas guerras provoca la participación de terceros en los conflictos bilaterales. La guerra y el comercio son en esta época dos fenómenos muy relacionados entre sí.

La formación de la polis

 

La polis se fue gestando durante la Edad Oscura y aparece ya constituida al inicio de la Época Arcaica. Los antiguos griegos explicaban su aparición como un proceso de sinecismo (unión de oikos, “hogares”) de gentes que viven en un mismo territorio para formar una entidad política mayor, por razones tanto de parentesco como defensivas, económicas y religiosas.

 

La polis griega no era solo el conjunto urbano rodeado de murallas, sino que abarcaba también los campos de cultivo adyacentes, el territorio o chora, que constituía la prolongación natural del centro urbano. La originalidad de la polis griega consiste en este carácter compacto que formaban la ciudad y el campo.

El centro de poder no residía en el templo ni en el palacio del rey, como sucedía en las ciudades-estado orientales, aquí la expresión de poder colectiva era la asamblea de ciudadanos que se reunía en el centro urbano. La polis era una comunidad cívica, compuesta por los ciudadanos y sus familias. El centro político y religioso de la ciudad griega era el ágora o espacio urbano central en cuyas proximidades se encontraba la tumba del héroe fundador y el lugar donde se reunía la asamblea.

    Una polis poseía también instituciones y leyes que regulaban su funcionamiento interno y constituían su representación en el exterior. A los ciudadanos les unía un pasado común, enaltecido  a través de los mitos y leyendas del lugar, y el culto a las mismas divinidades cuyos ritos ceremoniales comunes constituían una manera de reforzar estos vínculos colectivos y de integrar al individuo en la comunidad.

 

 

Polis griegas

Por lo general las polis griegas eran comunidades de reducidas dimensiones si exceptuamos los casos de Atenas y Esparta. Estas comunidades se caracterizaban como una comunidad corporativa y cerrada. Los ciudadanos eran los únicos miembros de pleno derecho que tenían capacidad de poseer tierras. Otro de sus rasgos era el predominio de lo público sobre lo privado.

 

El nacimiento de los Estados creó una nueva moral entre los individuos ahora llamados “ciudadanos”. En el pasado la guerra era una ocasión para mostrar la excelencia de los héroes en el combate individual. Ahora la defensa de la ciudad, del estado, era la tarea de todos sus miembros. La supervivencia y el crecimiento dependían de la superioridad militar. El máximo honor para un hombre en ésta época era luchar por la ciudad, por la patria. Los vencidos podían recuperar a sus muertos, porque el derecho a la sepultura era sagrado. Las treguas eran respetadas y el derecho de asilo de los santuarios también. Los heraldos y los embajadores eran inviolables.

 

 

 

Transformaciones sociales de la época. Las aristocracias

 

La polis experimentó un proceso de desarrollo político importante tras la desaparición de la monarquía al final de la Edad Oscura.

Al comienzo de la época arcaica, en la mayoría de los estados griegos tenían el poder grupos de aristócratas que lo ejercían a través de los órganos comunitarios de la polis. El paso de la monarquía a la aristocracia no tuvo sin embargo carácter traumático ni violento. El rey de la Edad Oscura era más un primus inter pares, que había adquirido mayor prestigio y preeminencia, que un verdadero monarca. La propia palabra que en griego significa rey, basileus, pasó a designar una de las nuevas magistraturas de la ciudad, la que tenía a su cargo todo lo relacionado con el culto y lo religioso.

 

La época arcaica vio nacer, junto al nacimiento y consolidación de la comunidad, al individuo como tal. Un estilo de vida marcadamente aristocrático comenzó a hacerse patente a través de diferentes manifestaciones. El objetivo final era la consecución de la areté (la capacidad de ser el mejor) a través de un estilo de vida esencialmente competitivo que se reflejaba tanto en los juegos, o en instituciones ritualizadas, como el simposio o banquete.

El mundo heroico definido en los poemas homéricos se convirtió muy pronto en el verdadero ideal de toda la comunidad. El poderoso espíritu competitivo se definirá como el rasgo más característico de la forma de vida griega. 

El estado aristocrático era una forma política inestable, porque se correspondía con un modelo socioeconómico de tipo gentilicio (perteneciente al linaje o familia) que empezaba a transformarse en el marco de la polis. De una forma u otra comienzan a consolidar unas instituciones políticas, pero mientras esto ocurre se crea un vacío de poder central que hace posible el desarrollo de poderes fácticos. La tiranía vendrá a canalizar las tensiones que operan en el proceso de consolidación de la ciudad-estado.

 

Estos clanes aristocráticos poseían las mejores tierras, ya que fueron acumulando las parcelas de sus vecinos más pobres sometidos a las incertidumbres de la cosecha anual, e incluso los utilizaron como mano de obra, convirtiéndolos de esta forma en campesinos dependientes, algunos rozando incluso el nivel de esclavitud. Este progresivo endeudamiento de una buena parte de la población fue causa de disturbios y confrontaciones a lo largo de este período.

El conflicto social interno – la stasis, como la denominaron los griegos - estalló por todas partes. Dos tipos de soluciones fueron posibles en función del grado de violencia. Donde la violencia no había estallado de forma clara y fue posible alcanzar un acuerdo, surgieron los legisladores, que se encargaron de redactar y poner por escrito unas leyes comunes que hasta ese momento habían detentado en exclusiva las clases dirigentes.

Cuando las tensiones sociales alcanzaron una gran violencia y no hubo la posibilidad de encontrar mediador al conflicto, la solución fue la instauración de un régimen político conocido como tiranía. La tiranía no afectó por igual a todas las comunidades griegas. Algunas como Egina o Esparta se vieron libres de la misma. Su surgimiento obedeció a un intento de romper el carácter opresivo de la autoridad arbitraria ejercida por los clanes aristocráticos. Los tiranos griegos del período arcaico se hicieron con el poder con el apoyo de la mayor parte de la población en un intento de solucionar la grave crisis que atravesaban las polis griegas. Su actuación política estuvo dirigida a favorecer a la masa de pequeños propietarios, agobiados por las deudas, y sobre todo, a esa creciente población urbana, compuesta por artesanos y comerciantes, que reclamaban más parcelas de poder dentro de la polis.

Las tiranías en la Grecia Arcaica

 

En el s. VII y comienzos del VI a. C. surgen en la mayoría de los estados del Peloponeso, y fuera de allí, una figura política, la del tirano. En ese momento las polis constituían estados que se pueden definir como aristocráticos, en los que el poder político era monopolio de unos pocas familias, que destacaban por su linaje, combinado con un poder económico y social, derivados sobre el control de una gran parte de la producción de la tierra y de sus amplias atribuciones en el plano religioso y jurídico.

 

Cuando las tensiones sociales alcanzaron una gran violencia y no existía posibilidad de encontrar un mediador en el conflicto, la solución fue la instauración de la tiranía. Los tiranos griegos del período arcaico se hicieron con el poder con el apoyo de la mayoría de la población en un intento solucionar la grave crisis que atravesaban. Su actuación política estuvo dirigida a favorecer a la masa de pequeños propietarios campesinos, agobiados por las deudas, y sobre todo, a la creciente población urbana, formada por artesanos y comerciantes, que reclamaba parcelas de poder más acordes con el papel que empezaban a desempeñar dentro de la polis.

 

Unido al importante crecimiento económico de estas capas de la población se produjo otro cambio decisivo en el aspecto militar. El combate individual de tipo aristocrático fue sustituido por la falange o fila ordenada de guerreros que se apoyaban los unos a los otros con sus escudos y lanzas. La defensa del territorio de la polis implicaba ahora a la mayoría de los miembros de la comunidad, que podían costearse el equipamiento militar, y con ello, se hallaban en pie de igualdad con los nobles. El paso siguiente fue reclamar una mayor participación política, una aspiración que constituyó un ingrediente más en el surgimiento de la stasis.

La introducción de la falange hoplítica (hopla era el nombre que recibía todo el equipo, compuesto de un escudo, una lanza, casco, coselete y grebas) se atribuye precisamente al más antiguo de los tiranos: Fidón de Argos. De Argos procede la más antigua armadura hoplítica hallada en Grecia, en la tumba de un guerrero que se fecha en torno al 720 a. C.

Dos cambios revolucionarios: el alfabeto y la moneda

 

Un factor decisivo en este período fue la adaptación del alfabeto como sistema de escritura. Con la desaparición de los reinos micénicos en torno al 1200 a. C. se perdió también la escritura, y durante casi cuatrocientos años la cultura griega fue completamente oral. La adopción del alfabeto fenicio fue un hecho transcendental. Mucho más sencillo y efectivo que el complicado silabario del Lineal B que utilizaban los escribas micénicos, el alfabeto se difundió rápidamente y a un número mayor de gentes, e hizo posible la difusión de la cultura griega.

Junto con el desarrollo del comercio y de la producción artesanal, en muchos centros urbanos surgió un nuevo elemento que se iba a convertir en el factor decisivo de la economía: la moneda.

 

 

 

 

Las primeras emisiones surgieron en la segunda mitad del s. VII a. C. en Asia Menor. Aunque la moneda se convirtió pronto en patrón del valor que facilitaba los intercambios, no fue ésta su principal misión en los primeros momentos. Acuñar moneda representaba la proclamación orgullosa de la independencia política de una ciudad. La moneda exteriorizaba la conciencia cívica de la ciudad y constituía su símbolo más evidente.

 

Fueron, por tanto, los aspectos no económicos los que prevalecieron a la hora de llevar a cabo las primeras emisiones. Con el tiempo fue adquiriendo una importancia mayor, gracias al desarrollo del papel fiscal del Estado (cobro de tasas aduaneras, impuestos y multas) o de la financiación de ejércitos mercenarios, para quienes era la única forma viable de pago.

La moneda aparecerá como intermediario para paliar los desequilibrios surgidos en las formas económicas, como instrumentos para acceder a los bienes o aplicable al pago de servicios importantes. También era una forma de pago requerida por los mercenarios y una ofrenda muy apreciada por los templos. Las monedas no fueron acuñadas y puestas en circulación regular como monedas de cobre hasta el s. IV a. C.

Tetragrama ateniense

Tetragrama ateniense de plata. Las monedas con el tipo de la cabeza de Atenea en el anverso y la lechuza, consagrada a la diosa, en el reverso fueron introducidas h. 525-500 a. C. Por el tipo de reverso las monedas atenieneses fueron llamadas "lechuzas". Muy populares en el Mediterráneo, siguieron sin variaciones durante tres siglos, sufriendo solo pequeñas variaciones estilísticas e iconográficas.

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